"No leáis La educación sentimental como los niños: por diversión; ni por instrucción, como los ambiciosos. No. Leedla para vivir".
GUSTAVE FLAUBERT
La mayoría de la gente lee novelas por diversión, por evasión, tal vez también en parte por instrucción. Los buenos lectores leen para vivir, como escribió Flaubert, leen para vivir la vida con más intensidad. Desde que empecé a escribir, a los dieciocho años, me di cuenta que este era un oficio de reflexión en voz alta sobre el mundo en que vivimos, a través del mundo de lo imaginario, que es algo así como un mundo paralelo al que llamamos "real", porque tiene sus propias leyes y goza de total autonomía.
Comparto la opinión de Carlos Fuentes, cuando afirma que la novela es una eterna pregunta acerca del mundo. Una novela debe incluir unas cuantas preguntas acerca del mundo, de nosotros y, si es una buena novela, no incluirá las respuestas. Suele decirse que lo que hace avanzar a la ciencia, más que las buenas respuestas, es encontrar buenas preguntas. Yo creo que en la literatura ocurre lo mismo. No deberíamos preguntarnos si seguir las modas o crearlas, si buscar nuestro lugar en el mercado o ignorarlo. Son preguntas inconducentes.
Lo que yo me pregunto cuando empiezo una novela no es si va a interesar a los lectores, o a mi editor, o al colaborador mal pagado que escribirá un informe para el editor, o si le gustará a mi agente, a los críticos, si encontrará un nicho en el mercado o no será entendida.
Las preguntas importantes son otras, por ejemplo: ¿por qué quiero contar una historia determinada? ¿Tengo algo que contar, o simplemente un espejo donde me apetece mirarme? ¿Qué carga de fondo quiero transmitir? ¿Qué mirada personal, auténtica puedo darle? ¿Cuál es el enfoque más inteligente y menos trillado? ¿Es realmente importante para mí contarla? ¿Por qué? ¿Qué personajes necesito? ¿Adónde quiero ir a parar con el argumento? ¿Qué arquitectura podría configurar? ¿Qué tipos de estructura temporal se me plantean?
Son muchas preguntas, y más que dejo en el tintero, pero aún me he olvidado de la principal: ¿Me gustará a mí esta novela? Es lógico esperar que la novela que uno escribe fuera una novela que a uno mismo le gustaría leer si no la hubiera escrito. No concibo la novela como una mera diversión ni como un objeto más de consumo. No sé escribir para entretener, para brindar una fácil evasión. Para mí, la labor literaria está vinculada a un compromiso con la vida y con la realidad, con los que nos rodean, y como expresión inalienable de la propia identidad. Un modelo de escritor para mí ha sido y sigue siendo Flaubert.
Mis novelas, hoy como hace diez años, siguen siendo novelas de personajes y mis personajes, hoy como entonces, siguen siendo indagadores, preocupados por encontrar respuestas a las grandes preguntas sobre su existencia, y cuyas obsesiones pasan por entender el mundo y entenderse a sí mismos.
Y la razón de escribir también es una forma de indagar en la realidad, de construir con palabras nuestra teoría del mundo, que siempre es un work in progress.
Como no sé definirme con precisión, cómo definir mi narrativa, apelo al viejo truco de definir qué no me representa, cuáles son mis opuestos. No me interesa la metaliteratura, la disertación erudita donde la literatura en sí misma es el tema y el personaje, salpimentada de citas de autores célebres, para exhibir cultura literaria o darse pisto. Creo que hay que evitar la grandilocuencia, la pendantería y la autocomplacencia. Me gusta que en la narrativa se utilicen procedimientos que vienen del ensayo y de otros géneros, como el relato, el cine…, me agrada que sea flexible, que indague nuevas formas, aunque ya estén inventadas y patentadas.
También deploro formas espúreas de la novela en su vertiente más comercial, como la novela de enigmas, la novela esotérica, la de misterios, conspiraciones en las que nunca falta un secreto del Vaticano, o los servicios de inteligencia, y la novela histórica cuyo principal aliciente es el exotismo de una época pretérita. Algunos se han apresurado a levantar al acta de defunción de la novela, en un nuevo acto de esnobismo literario. En mi mesa de trabajo hay mucho de composición, estructura, planificación, estudios de personajes y muchos bocetos y reescrituras, variaciones sobre un mismo tema. El argumento no es la finalidad, sino el pretexto para contar lo que verdaderamente importa. Construir argumentos interesantes es un acto de inteligencia creativa. Provocar la inteligencia del lector es un loable empeño.
En los últimos años la ficción literaria ha sufrido un proceso de imparable mercantilización. La novela se ha convertido en un objeto de consumo que se vende en los grandes almacenes, junto a la sección de ropa, y los escritores hemos pasado de ser considerados simplemente creadores a generadores de cifras, y por éstas listas se nos juzga. Es un error sucumbir a estas influencias, preocuparse por la cuenta de resultados o por el gusto dominante de los lectores. Se escribe desde la soledad, ajeno al ruido exterior, en un acto de honestidad interior y libertad. Y el éxito, como afirmó Vargas Llosa, nos llega en esa pugna en soledad.