En los últimos años, las familias y los centros escolares se enfrentan impotentes a una profunda crisis del sistema educativo y a la incertidumbre de resolver la conducta perturbadora de los menores. La violencia, el acoso, el consumo de drogas, la delincuencia, la deserción escolar, la hostilidad contra la autoridad de padres y profesores, el desinterés por adquirir conocimientos y la frustración son algunos de los problemas con los que lidian a diario los padres, cada vez más confusos y preocupados, como también los educadores, los jueces y los servicios sociales que se confiesan desprovistos de recursos y de respuestas frente a un sistema colapsado y al límite.
Ignacio García Valiño, además de notable novelista, es psicólogo escolar. Lleva años trabajando con estos problemas en institutos de secundaria de Aragón y Andalucía y en 2005 obtuvo el Premio Santillana de Experiencias educativas. Este bagaje y su continuo trabajo de campo con los adolescentes lo acaba de plasmar en Educar a la pantera. Un interesante libro en cuyas páginas García Valiño aplica el análisis psicológico, pedagógico, y neurocientífico a los diferentes escenarios que conforman este preocupante y conflictiva realidad, como son la escuela, la familia, la cultura y transmisión de valores, los medios de comunicación, los iconos televisivos y la exclusión social de los extrarradios en los que se forman las bandas juveniles. Lo hace desmontando tópicos, sin reparo a la hora de cuestionar algunas soluciones que propone el sistema, como la de vuelta de la autoridad, pero que para García-Valiño debe estar provista de una seria metodología pedagógica. También se acerca a los problemas ilustrándolos con didácticos ejemplos de jóvenes (Ana, Rashid, Gonzalo, Eleonora y Toño entre otros) con los que ha tenido que trabajar el desarraigo familiar, la orfandad de valores referentes, el miedo, el exceso de imaginación, la inadaptación a la familia adoptiva o el permanente desafío de la autoridad.
García Valiño analiza con profundidad y sentido didáctico la discreta o escasa implicación del padre en la educación de los hijos, la necesidad de encontrar un nuevo modelo en su rol educativo y los errores de las familias que, desbordadas por las exigencias laborales y los conflictos domésticos, han dado pie a la sobreprotección, el laissez-faire, el desvanecimiento de las fronteras entre lo que sí está permitido y lo que no, y la condescendencia con la irresponsabilidad de los actos. Un erróneo relajamiento educativo que ha facilitado la rápida y extendida forja de adolescentes caprichosos, déspotas, ávidos de inmediatez en la consecución de su objetivos materialistas o egocéntricos y sin un sentido de futuro. Indaga también en la pérdida de legitimidad de los adultos que promueven el respeto y el valor de unos principios sin darse cuenta de que los jóvenes perciben los mecanismos que mueven la sociedad y que contradicen los discursos edificantes de los mayores. Al mismo tiempo lleva a cabo una radiografía del colegio que entiende como un microcosmos en el que todos pugnan por el poder y que los jóvenes asumen como un agente institucionalizado que les impide el desarrollo de su identidad personal y colectiva; el fracaso de la enseñanza obligatoria y la necesidad de fomentar aulas de compensación educativa y talleres ocupacionales en los barrios. Tampoco deja atrás las carencias de la Ley del Menor o la función de los centros de internamiento. Finalmente aporta posibles soluciones basadas en las mejoras de la orientación educativa, en eficaces modelos de prevención y en un sistema que coordine la enseñanza de conocimientos con la creación de una sólida arquitectura emocional.
“En este nuevo libro, de subtítulo Comprender y corregir la conducta antisocial de los más jóvenes ha tratado de verter su experiencia profesional con los muchachos y sus familias. Él destaca más el aspecto antisocial que el violento, porque esa conducta se caracteriza por violar los derechos de los demás. El ámbito escolar, dice, está colapsado por estos comportamientos. Uno de los casos que aquí se desarrolla es el de un niño de cuatro años, autor de increíbles fechorías para su edad. Afirma García-Valiño que los niños con un trastorno de conducta sufren un secuestro emocional”.